De Venezuela a Ecuador, con una mano en la mochila y otra en el corazón

Por: Deisy Ojeda

Una mano en la mochila y otra en el corazón… así es como empezó este viaje. Despidiéndome de mi madre sin la certeza del tiempo que pasaría antes de volver a vernos, me marchaba de casa con todos los sueños en una mochila de 35 litros.

Abril, 2016. Las malas políticas y gestión de un país que iba en picada me empujaron por la puerta de atrás. Desde el centro de Venezuela salí con destino a Ecuador. Inicialmente solo debía cruzar Colombia durante tres días para llegar a Ecuador, pero terminé haciéndolo de una manera diferente ya que la frontera Venezuela-Colombia se encontraba en conflictos para ese entonces y yo debía llegar a Ecuador lo antes posible.

Haber leído cientos de blogs viajeros por años me hizo recordar que era posible llegar a través de vías fluviales que conectan Brasil (frontera con Venezuela) Perú, Colombia y Ecuador. Todos unidos por inmensa y majestuosa Amazonía. Aquí circulan barcos cargueros en los cuales puedes transportarte a lo largo y ancho del río Amazonas. Aunque años atrás algunos mochileros habían cruzado por allí, no había mucha información sobre cómo hacerlo, eran rutas poco concurridas. Muchas personas me decían que intentarlo era una ¡locura! En ese momento,  tuve que vaciar todos los miedos que llevaba en la mochila (los propios y los ajenos) pues la hacían demasiado pesada. Decidí empaparme de la mejor energía e irme. Sin pensarlo este se convirtió en el punto de partida de mis viajes.

La situación política y económica de mi país nos está obligando a muchos a echar las maletas afuera, y no por placer, se trata de la vida. De que el sueldo te alcance para comer por lo menos tres veces al día, de salir de tu casa con la tranquilidad de que regresarás vivo y no serás una cifra más en la actual delincuencia, pues sabes que todo empeora terriblemente desde hace mucho tiempo y hasta hoy.

Para salir desde Venezuela a Brasil lo primero es acercarse al estado fronterizo de Santa Elena de Uairen, donde estampé por primera vez mi pasaporte con esos pequeños sellos llenos de ilusión. Para mi este viaje además de externo era un viaje interno. Era crecer, descubrir otra forma de hacer las cosas, de conocer otras personas que me harían cambiar mi perspectiva del mundo. No, no era solo llegar a un nuevo país y empezar de cero, mi sueño era el viaje, el camino y la transformación.

Una vez sellada la entrada  a Brasil en el punto de control de la policía federal, estaba lista para empezar a recorrer el estado de Roraima.  El plan era hacer dedo (autostop) con destino a Boa Vista. Esperamos pero nadie paraba, y estábamos con la prisa de que un couch nos esperaba en Boa Vista así que decidimos no demorar más y tomar un taxi, ya habría tiempo de probar el autostop más adelante.

Pasé dos noches en este lugar. De allí me llevé una frase que leí en una de las paredes de la ciudad y siempre la llevaré mentalmente tatuada “O sonho nao tem preco”,  “El sueño no tiene precio”. Esa noche nuestro amigo en Boa Vista se propuso enseñarnos un poco de portugués y mostrarnos los mejores sitios para hacer auto stop para el día siguiente dirigirnos a la siguiente ciudad, Manaos, desde donde tomaríamos nuestro primer barco con ruta fluvial por el Amazonas.

Nuestro segundo intento de auto stop nuevamente falló. Después de varias gasolineras y muchas horas de espera, personas de la zona nos comentaron que muchos camioneros tenían prohibido recoger gente, por lo tanto era difícil que nos llevaran. Una vez más nos resignamos y fuimos a la terminal de buses (quiero acotar que era nuestra primera vez haciendo auto stop y estábamos algo frustrados)  de vuelta al centro de Boa Vista decidimos comprar un pasaje de bus con destino a Manaos, viajamos cada uno por 145 reales brasileños (BRL). El viaje duró aproximadamente 11 horas.

Llegamos a la ciudad de Manaos muy temprano por la mañana, decidimos esperar en la terminal de buses a que aclarará un poco el día, estábamos un poco frustrados pues nadie del couchsurfing había contestado nuestro requerimiento de hospedaje, así que, literal, estábamos a la deriva, con mucha hambre y sin dinero, así que decidimos caminar hasta el centro de la ciudad por una casa de cambio y un sitio para comer.

Donde ocurre la magia…

No sabíamos que tan lejos estábamos del centro y no entendíamos bien las direcciones que nos daban, así que intenté una vez más el autostop. Finalmente ¡alguien paró! No podía creerlo. Un señor que iba camino a dejar a sus hijos a la escuela decidió darnos el aventón. Entre el portugués y el español le hicimos entender que debíamos cambiar algo de dinero y desayunar en algún sitio barato y allá nos llevó. En este corto trayecto, que el tráfico hacia parecer más largo, hicimos amistad. Después de interesarse por nuestra historia nos invitó a quedarnos en su casa. No podía creer su bondad y nuestra suerte. Allí es cuando te hechiza la magia de los viajes. El nombre de este gran hombre es Joao. Él, su esposa e hijos nos recibieron en su casa, sin conocernos ni tener referencia alguna de nosotros. Simplemente el destino lo quiso así. De un aventón en las calles pasamos a compartir con ellos innumerables cenas, risas y charlas, aprendiendo portugués y enseñando español, yendo con ellos a la iglesia y a clases de arte los domingos. Palabras para agradecerles tanto y todo me faltan…

Al final nos quedamos siete días en Manaos; nunca pagamos hospedaje. Nuestros gastos disminuyeron. El pasaje urbano era de 2 BRL, utilizamos bastante el bus porque las distancias eran muy largas entre un sitio y otro (sobre todo el centro donde hay movimiento comercial y turístico). Aprovechamos nuestra estancia en esta ciudad para vender algunas artesanías y postales en las plazas (entre 2 BRL y 5 BRL  por postal) lo que nos ayudaría a recuperar algo del dinero gastado. Luego de esta semana en la ciudad, decidimos que era momento de partir y comprar nuestro boleto del primer viaje en barco.

El barco de Manaos a Tabatinga (primera parada) tiene un costo de 300 BRL a 350 BRL (por persona) y dura seis días . El costo del pasaje incluye tres comidas diarias en cualquier línea o cooperativa que elijan. Por ese precio se debe dormir en hamacas colgadas todas en la plataforma del barco. Claro que  hay camarotes y cuartos privados, pero estos son mucho más costosos y a mi parecer no se disfruta el viaje de la misma manera. Pasado seis días, seis atardeceres y seis noches llegamos a lo que se conoce como la triple frontera donde conviven (Tabatinga-Brasil, Leticia -Colombia y Santa Rosa-Perú). Nos despedimos de la bonita embarcación que nos llevó hasta allí, porque de ahí en adelante los barcos cargueros son menos cómodos, menos aseados y menos seguros.

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Al bajarnos en Tabatinga, fuimos a la policía federal a sellar la salida de Brasil. Tabatinga y Leticia son un mismo pueblo, pero de diferentes países. Sólo los separa un semáforo y un cartel. Acá no hay punto fronterizo. Si sólo van a pasar a Perú no es necesario sellar el pasaporte en Leticia (Colombia). Incluso se puede comprar unas empanadas en Colombia y e ir luego por un jugo en Brasil.

Desde Tabatinga, nos dirigimos a Santa Rosa (Perú) que se encuentra cruzando un pequeño tramo de río. Se atraviesa en pequeñas lanchas o embarcaciones de madera muy rurales, cobran aproximadamente tres BRL o tres soles peruanos y se puede pagar en ambas monedas. No toma más de 10 minutos cruzar hasta Santa Rosa. Este es el punto de partida para la siguiente  travesía fluvial. Allí sellamos nuestro pasaporte con ingreso a Perú y preguntamos en los puestos del muelle qué embarcación estaba próxima a salir para Iquitos (corazón de la selva amazónica en el Perú.) El pasaje tuvo un costo de 80 soles por un viaje de 3 días. Al igual que la embarcación en Brasil esto incluye las tres comidas diarias durante todo el viaje. Hay que llevar nuestros propios platos, cubiertos y vasos ya que ellos sólo llevan utensilios para la tripulación. Estos son barcos cargueros, no son turísticos por lo tanto no están equipados como tal.

Una vez que llegamos al puerto de Iquitos, nos dimos cuenta que estábamos en medio de la selva, en una ciudad con una enorme oferta turística. Si alguna vez quieren conocer la selva amazónica, este es el mejor lugar para empezar. Hay excursiones desde full-day (todo el día) hasta una semana completa selva adentro. Los precios son bastante variados. Se pueden encontrar hostales, o sitios para hacer voluntariado si planean quedarse un tiempo largo para conocerlo todo. En nuestro caso debíamos seguir pronto a la ruta así que sólo nos quedamos una noche para descansar. Recargamos energía y compramos nuestro boleto para el siguiente barco el cual nos llevaría a Pantoja y de ahí hacia Rocafuerte. Al preguntar en el puerto dónde embarcar, nos dijeron que el barco había zarpado el día anterior. Al estas no ser rutas muy concurridas no llegaría otro barco en esa dirección sino hasta dentro de una semana. Otra vez tendríamos que alargar nuestra llegada.

De vuelta en el hostal, conversamos con un italiano que se dirigía a Tarapoto, otro sitio en la selva peruana, para realizar un voluntariado. Esta fue la respuesta a nuestro obstáculo de tiempo: unir los puntos en el mapa para trazar una nueva ruta. El nuevo plan fue, viajar hasta Tarapoto y a partir de ahí tomar carretera por Perú hasta finalmente ingresar a Ecuador por la frontera de Zarumilla.

Para llegar de Iquitos a Tarapoto, se debe tomar otro barco con destino a Yurimaguas, esta vez nos esperaban cuatro días de viaje. El costo del pasaje eran 85 soles. Estos precios son un aproximado pues siempre se puede regatear directamente con el dueño del barco, y dependiendo quien venda el pasaje pueden pagar mas o menos por el mismo viaje.

Después de largos días y noches, de dormir bajo la Vía Láctea, de llenarnos de la selva, de observar más de 13 atardeceres y anocheceres terminamos nuestra travesía entre ríos, para nuevamente retomar las carreteras. Una vez en Yurimaguas hay que buscar varias camionetas que salen con bastante frecuencia a Tarapoto (aproximadamente dos o tres horas de viaje) estas se encuentran afuera del terminal y tienen un costo de 20 soles. Aquí se siente el cambio de los paisajes, la vegetación, la altura. Se pueden sufrir mareos y vómitos debido al cambio de altitud y a la vías con innumerables curvas. Hay que tener cuidado con eso.

En Tarapoto nos separamos de nuestro nuevo amigo Felipo (el italiano que hacia voluntariados) y que compartió con nosotros el último tramo del viaje pues nuestra ruta ahora era hacia Chiclayo, al centro de Perú y desde donde sería más fácil seguir la carretera hasta Ecuador. Todo es una despedida para nuevas bienvenidas. El tramo Tarapoto – Chiclayo se hace en bus, aproximadamente 14 horas de viaje, cuesta 35 soles. Al llegar la ciudad de Chiclayo – Perú nos quedaba poco para terminar el viaje y para finalmente llegar a Quito.

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Acá tuvimos que caminar varias cuadras desde el punto donde nos dejó el último bus para encontrar una terminal con buses de salida internacional rumbo a Ecuador. Las ofertas en precios son muy variados pero todo es cuestión de hablar y de poner a prueba las habilidades para negociar. La mayoría de buses Chiclayo – Quito tienen un precio de 45 a 60 soles por persona, nosotros conseguimos que nos llevaran por 80 soles a dos personas. Nos esperaban nuestras últimas 13 horas de viaje por la carretera. La frontera la cruzamos por la noche. El bus hizo su respectiva parada Zarumilla – Huaquillas para que todos selláramos el pasaporte con entrada a Ecuador. El corazón latía. Con los pies en Ecuador y un sello de 90 días de permanencia en este país, mi nuevo hogar esperaba. Nueva rutina, nuevas personas, nueva vida.

Recuerdo claramente pisar la ciudad de Quito, con sólo cinco dólares en el bolsillo, la felicidad no podía ser más. Toda esta alegría hacía tan minúsculo el miedo de tener que empezar toda mi vida de cero. Yo había llegado allí como emigrante en busca de mejores oportunidades y de una mejor vida… pero había disfrutado tanto el camino, que realmente no me importaba si me iría bien o mal, yo ya había cumplido mi sueño. Todo, absolutamente todo lo demás tenía la certeza de que se arreglaría.

Aprendizajes…

El mundo es un sitio mucho más noble de lo que nos suelen decir. Para descubrirlo debes romper esa vieja regla de no hablar con extraños, porque cuando lo hagas te darás cuenta que una persona que no te conoce en lo absoluto puede estar dispuesta a ayudarte incondicionalmente y sin esperar nada a cambio.

Todo es un ying yang en la vida, pero hay que ser totalmente abiertos para decir que no todo es malo, ni todo es bueno. Así como tuve el placer de ver tantos momentos hermosos, día tras día en medio del rio, probar frutos y comidas exóticas del Amazonas o contemplar la noche estrellada desde el techo del barco, también hay que ser francos y contar que hubieron noches que no dormimos porque el barco era muy concurrido y podía sentirse un poco de peligro, gente que no es totalmente bien intencionada. Hay que aprender a cuidarse.

Si hay algo que me llevo de toda la experiencia, es que viajar y emigrar supone retos y miedos parecidos. La incertidumbre de llegar a un lugar en el que todo es incierto, en el que debes reinventarte cada día, adaptarte a nuevas culturas, en ocasiones nuevos idiomas o nuevas formas de hacer las cosas, superar ese miedo terrible que nos da salir de nuestra zona de confort; del no tener certeza de nada. No saber dónde vas a dormir esa noche, o saber si comerás por la mañana siguiente. Aprendí a abrazar ese miedo y a caminar junto a él.

Llegué a un país hermoso, Ecuador. Un país que me recibió con los brazos abiertos, que me ha servido de base para poner todos mis nuevos sueños sobre la mesa. Un lugar que puedo decir que he recorrido y conozco más kilómetros que mi propia Venezuela. Una nación dónde estoy aprendiendo a vivir, a crecer, a tomar impulso, porque estoy segura de que lo que se viene, es grande.

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